¿Te atreves a…? Un llamado a los jóvenes y a quienes los acompañan
El amor en la juventud no es el mismo que se experimenta como hijo, hermano o amigo. Se trata de un amor distinto, marcado por la ternura, las emociones y los vínculos que priorizamos.
La juventud es una etapa de transición entre la adolescencia y la adultez. Aunque no existe consenso sobre su definición exacta, organismos como la ONU la ubican entre los 15 y 24 años, mientras que otros extienden el rango hasta los 29. En el Perú, según el INEI (2023), la población joven entre 15 y 29 años alcanza casi 8 millones de personas, el 23 % del total nacional. Cualquier esfuerzo dirigido a ellos, por lo tanto, tiene un impacto profundo en el presente y futuro del país.
Más allá de cifras y definiciones, la juventud puede entenderse como un tiempo de oportunidades: aprender, formarse y proyectarse hacia el futuro; pero también es un periodo de desafíos. Como recordaba Adler, la vida humana enfrenta tres grandes retos: la dimensión social, el trabajo y el amor. Este último ocupa un lugar especial en los jóvenes, como lo muestra la experiencia clínica: muchas de las consultas psicológicas giran en torno a rupturas amorosas, dificultades de pareja, conflictos familiares o problemas en los vínculos con los pares.
El amor en la juventud no es el mismo que se experimenta como hijo, hermano o amigo. Se trata de un amor distinto, marcado por la ternura, las emociones y los vínculos que priorizamos. Un amor que nos invita a decidir dónde estar, con quién compartir y hacia dónde caminar. Recuerdo el caso de dos exalumnos que me visitaron recientemente. Iniciaron una relación durante mis clases y hoy están casados. Su historia me alegró porque ilustra la búsqueda profunda que viven muchos jóvenes: la de un amor auténtico que dé sentido a sus vidas.
Sin embargo, este proceso de búsqueda se enfrenta a grandes obstáculos. La sociedad actual impone un ritmo de inmediatez y superficialidad que dificulta profundizar en las relaciones. Frente a ello, los jóvenes necesitan acompañamiento: validación, escucha activa y la certeza de que el amor incondicional existe.
Amar implica honestidad para expresar lo que sentimos, apertura para compartir nuestra vulnerabilidad y seguridad para confiar en los demás. Cada vínculo toca un mundo interno aún inexplorado, y solo en la interacción auténtica con otros aprendemos a descubrirlo. Nadie se abre cuando no se siente seguro; por eso, es vital generar entornos donde los jóvenes puedan ser ellos mismos y crecer en libertad.
Amar es, en definitiva, un camino de autoconocimiento. Es aprender a relacionarnos con nuestra realidad, con quienes nos rodean y con el amor divino. Es, también, la mejor escuela para aprender a vivir.
Por eso, hoy la pregunta se dirige a ambos:
Tú, joven, ¿te atreves a amar? Tú, adulto, ¿te atreves a acompañar?
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