Cómo fomentar la esperanza en nuestros hijos
Nuestros hijos viven situaciones graves que los desaniman y, con frecuencia, los pueden llevar al desaliento y a la desesperanza.
En los últimos cuatrocientos años, las certezas fundamentales de la vida humana han sido sacudidas con fuerza. Conceptos como el amor, la felicidad y la libertad parecen haberse desdibujado, y este desorden genera desorientación, sobre todo en los jóvenes y en los niños.
Se sienten inseguros e indefensos frente a su futuro y su destino. La esperanza se ve sofocada por una cultura atractiva y seductora, pero incapaz de acallar por sí misma las necesidades más profundas del ser humano.
Nuestros hijos viven situaciones graves que los desaniman y, con frecuencia, los pueden llevar al desaliento y a la desesperanza.
Curiosamente, la esperanza es algo inherente a la naturaleza humana. Siempre que emprendemos algo (importante o no), deseamos obtener resultados favorables, y es que el corazón humano está sellado por la esperanza como actitud fundamental ante la existencia. Sin ella, la vida sería prácticamente insoportable. Sin embargo, no resulta extraño constatar cómo nuestros hijos parecen estar perdiéndola poco a poco.
Un concepto erróneo de la esperanza, puede llevarlos a posturas equívocas que los confunden: desde el falso optimismo hasta la postura pesimista de quienes piensan que la humanidad va, inexorablemente, hacia su autodestrucción, generando una parálisis depresiva y la sensación de que nada puede hacerse para evitar la catástrofe.
Por eso se requiere un cuidadoso discernimiento que los lleve a una esperanza bien fundada en nuestra fe. La parábola de la semilla que crece por sí misma (Mc 4,26-29), con mucha claridad y sencillez, nos hace ver que Dios nunca nos abandona y va actuando, a veces de manera imperceptible, a favor nuestro. Ese es el fundamento de la esperanza que debemos transmitirles.
Sin embargo, debemos también tener claro que la esperanza cristiana no significa separar el esfuerzo humano de la acción divina.
En toda manifestación humana donde se realiza el bien, se promueve la libertad y la justicia, se perfecciona la creación de Dios.
Tener esperanza significa reconocer que todo lo creado debe tener un final perfecto, un acabamiento positivo. Lo que hagamos en nuestra vida, aun con errores e imperfecciones, contribuye a la obra de Dios, a la que Él quiso asociarnos como colaboradores libres.
Nuestra responsabilidad formativa debe encaminarse a que nuestros hijos tengan los ojos puestos en el maravilloso destino al que están invitados. No deben desarraigarse del mundo presente ni de las realidades temporales, sino comprometerse con mayor ilusión en la transformación de todo aquello que se encuentra en contraste con el Plan divino. Debemos animarlos a comprometerse con la reedificación del mundo, según el designio de Dios.
Asimismo, desde pequeños, deben aprender a asumir las adversidades y no dejar que ellas les impidan seguir con sus propósitos de vida; necesitan buscar los recursos necesarios para seguir adelante y realizar todas sus actividades con responsabilidad.
Conviene prepararlos para que, en esos momentos de oscuridad en que no ven muy claro el horizonte, cuando la luz del sol aparece opacada por las nubes de la duda y la incertidumbre, comprendan que es precisamente entonces cuando más deben aferrarse a la esperanza. La esperanza es una actitud valiente ante la prueba, porque los hace capaces de resistir y sobrellevar los obstáculos del camino.
Se les debe inculcar que la esperanza es un don de Dios, pero que requiere también del esfuerzo activo, consciente y libre de cada uno.
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